Por Francisco Zanichelli*
Mientras acaece el proceso de identificación de un pueblo, cuando las
naciones se inventan y reinventan con el pasar de los años y las contingencias,
de ese mismo modo, van rebautizando a sus líderes. Porque en el mundo ha habido
personas con una doble personalidad pública: la institucional y la popular; la
del marketing y la de lucha; la construida por los medios y la apuntalada por
los procesos combativos de las masas. De ese modo, “Evita”, leal intérprete de
los descamisados, eterna amiga de los trabajadores y explotados, no fue la
misma persona que “Eva Duarte de Perón”, la mujer del Presidente; “el Pepe”,
guerrillero Tupamaro, capturado durante el sangriento Gobierno Militar de Jorge
Pacheco Areco, no es el mismo que “José Mujica Cordano”, actual Presidente de
la República Oriental del Uruguay. Hoy parece que la mejor forma de aplacar la
necesaria insurgencia de ciertas figuras combativas, es convertirlas en
imágenes “Cool”; parece que debemos olvidar el romanticismo, el amor por el
pueblo que enseñaron, para comprar un producto manufacturado, el del líder
acartonado, conciliador.
Los últimos días, hemos advertido en los medios cómo se manipuló al
último gran Prócer Contemporáneo Nelson Mandela, en ese mismo sentido. Sin
perjuicio de que la figura de Mandela viene siendo tergiversada desde hace
años, su lecho de muerte fue también el punto más álgido de la hipocresía de
los sectores conservadores y liberales de la política mundial.
Nelson Mandela y “Madiba” -nombre que reciben los sabios ancianos de la
tribu xosha-, nombre con el que su pueblo habría de rebautizarlo cuando se
transformó en líder de la lucha negra contra la explotación blanca, no fueron
las mismas personas. Nelson tardó en transformarse en esa figura de mística
militante; tuvo que pasar por un proceso que lo sacó de su cuna de aristocracia
tribal y lo depositó en las calles de una Johanesburgo empapada de nacionalismo
afrikáner segregacionista, que terminaría en la oficialización jurídica del
apartheid en el año 1948. Para esa fecha, Mandela ya se había licenciado en
Derecho y comenzaba sus primeros pasos de la mano de su amigo Oliver Tambo, con
quien habían fundado en el ´43, el ala juvenil del partido político que
llevaría a Nelson a la presidencia en 1994. Mandela y sus compañeros de militancia
comenzaron a sentir que luego de más de una década de protestas pacíficas en
contra del apartheid, el Congreso Nacional Africano -CNA-, había fracasado como
partido en la lucha contra la explotación de los blancos; el punto cúlmine de
los descontentos que mostraba la Liga Juvenil del CNA para con las medidas pasivas
de protesta, tuvo lugar un triste marzo de 1960 en la localidad de Sharpeville,
donde la policía Sudafricana abrió fuego contra una multitud que protestaba en
contra de la “Ley de Pases”, que como parte del nefasto paquete de medidas
legislativas del apartheid, regulaba el tránsito de personas negras en zonas
urbanas. El desolador saldo de casi setenta personas asesinadas y otras ciento
ochenta heridas, quedó en el recuerdo de la humanidad, y se grabó en el corazón
de un Madiba, que ya no soportaba ver a su pueblo segregado, explotado,
empujado a la pobreza, marginado.
Luego de aquel día, el régimen de Supremacía blanca no tardó en
endurecerse; el CNA junto con otros partidos que habían radicalizado la
protesta, fueron proscriptos y sus líderes pasaron a la clandestinidad o al
exilio. Nelson Mandela optó por su estilo propio, su marca registrada:
subordinar siempre la praxis, la estrategia, las herramientas, a la causa y a
los principios; de ese modo, y desde la clandestinidad, se creó “la Lanza de la
Nación”, brazo armado del Congreso Nacional Africano, apuntalado por la Unión
Soviética y la Cuba de Fidel. Un combativo Mandela de barba rala, traje de
Comandante y fuego revolucionario “anti-apartheid”, apostó al foquismo y a la
guerrilla urbana como método de liberación para su pueblo. En 1963, Mandela es
detenido e imputado por “Alta Traición”, junto con varios referentes del CNA.
La condena terminó en prisión perpetua, a pesar de que el gobierno Afrikáner
había pedido pena capital para el líder negro y sus compañeros. Luego del
llamado “Proceso de Rivonia”, Madiba pasaría casi treinta años de su vida en
prisión.
Nelson Mandela está lejos de ser el acartonado y aplacado retrato que se
presenta; era un combatiente, un líder natural, fuerte, duro. El pisador de
barro profesional que significó Madiba, ha sido sustituido por una figura que apacigua
la mística de la que se puede aprender como militante. Su propia fortaleza se
ha convertido en la mejor manera de posicionarlo como un ícono pop, más que
como un revolucionario. Digo esto porque él siempre enseñó que los principios
llegan más al corazón de las personas, y que siempre las praxis políticas se
dispondrán como herramientas y no como horizontes; por ello, Mandela pudo ser
tanto una figura conciliadora, como combativa, tanto negociador, como luchador.
La templanza y sabiduría nunca faltaron a su alrededor, pero eso no significa
que Mandela haya pasado por el mundo a enseñar eso y sólo eso. Madiba merece
que se rescate su pasión por la justicia social, por la causa popular, y no que
recordemos solamente sus momentos estratégicos de pacifismo.
El funeral de Nelson Mandela estuvo plagado de figuras, que de haber
sido contemporáneos a él, lo habrían visto como un subversivo, un terrorista. Pero
la muerte de Madiba debe ser el lugar en la historia para recordar que la
opresión de humanos sobre humanos, requiere de fortaleza y organización, de
líderes, de lucha, de personas dispuestas a la empatía y sensibilidad
necesarias para desbaratar los sistemas abusivos en todas sus versiones. Como
dijo una vez aquel gran africano: “Cuando tomamos las armas, fue porque la otra
opción, era ser esclavos”.
(*)Francisco tiene 23 años, estudia Derecho en la UNC y milita en el PJ
cordobés. Además, trabaja en el Ministerio de Comunicación y Desarrollo
Estratégico, del Gobierno de la Provincia de Córdoba.

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