viernes, 20 de diciembre de 2013

Nelson Mandela y “Madiba”: de la figura combativa a la imagen “cool”

Mientras acaece el proceso de identificación de un pueblo, cuando las naciones se inventan y reinventan con el pasar de los años y las contingencias, de ese mismo modo, van rebautizando a sus líderes. Porque en el mundo ha habido personas con una doble personalidad pública: la institucional y la popular; la del marketing y la de lucha; la construida por los medios y la apuntalada por los procesos combativos de las masas. De ese modo, “Evita”, leal intérprete de los descamisados, eterna amiga de los trabajadores y explotados, no fue la misma persona que “Eva Duarte de Perón”, la mujer del Presidente; “el Pepe”, guerrillero Tupamaro, capturado durante el sangriento Gobierno Militar de Jorge Pacheco Areco, no es el mismo que “José Mujica Cordano”, actual Presidente de la República Oriental del Uruguay. Hoy parece que la mejor forma de aplacar la necesaria insurgencia de ciertas figuras combativas, es convertirlas en imágenes “Cool”; parece que debemos olvidar el romanticismo, el amor por el pueblo que enseñaron, para comprar un producto manufacturado, el del líder acartonado, conciliador.
Los últimos días, hemos advertido en los medios cómo se manipuló al último gran Prócer Contemporáneo Nelson Mandela, en ese mismo sentido. Sin perjuicio de que la figura de Mandela viene siendo tergiversada desde hace años, su lecho de muerte fue también el punto más álgido de la hipocresía de los sectores conservadores y liberales de la política mundial.
Nelson Mandela y “Madiba” -nombre que reciben los sabios ancianos de la tribu xosha-, nombre con el que su pueblo habría de rebautizarlo cuando se transformó en líder de la lucha negra contra la explotación blanca, no fueron las mismas personas. Nelson tardó en transformarse en esa figura de mística militante; tuvo que pasar por un proceso que lo sacó de su cuna de aristocracia tribal y lo depositó en las calles de una Johanesburgo empapada de nacionalismo afrikáner segregacionista, que terminaría en la oficialización jurídica del apartheid en el año 1948. Para esa fecha, Mandela ya se había licenciado en Derecho y comenzaba sus primeros pasos de la mano de su amigo Oliver Tambo, con quien habían fundado en el ´43, el ala juvenil del partido político que llevaría a Nelson a la presidencia en 1994. Mandela y sus compañeros de militancia comenzaron a sentir que luego de más de una década de protestas pacíficas en contra del apartheid, el Congreso Nacional Africano -CNA-, había fracasado como partido en la lucha contra la explotación de los blancos; el punto cúlmine de los descontentos que mostraba la Liga Juvenil del CNA para con las medidas pasivas de protesta, tuvo lugar un triste marzo de 1960 en la localidad de Sharpeville, donde la policía Sudafricana abrió fuego contra una multitud que protestaba en contra de la “Ley de Pases”, que como parte del nefasto paquete de medidas legislativas del apartheid, regulaba el tránsito de personas negras en zonas urbanas. El desolador saldo de casi setenta personas asesinadas y otras ciento ochenta heridas, quedó en el recuerdo de la humanidad, y se grabó en el corazón de un Madiba, que ya no soportaba ver a su pueblo segregado, explotado, empujado a la pobreza, marginado.
Luego de aquel día, el régimen de Supremacía blanca no tardó en endurecerse; el CNA junto con otros partidos que habían radicalizado la protesta, fueron proscriptos y sus líderes pasaron a la clandestinidad o al exilio. Nelson Mandela optó por su estilo propio, su marca registrada: subordinar siempre la praxis, la estrategia, las herramientas, a la causa y a los principios; de ese modo, y desde la clandestinidad, se creó “la Lanza de la Nación”, brazo armado del Congreso Nacional Africano, apuntalado por la Unión Soviética y la Cuba de Fidel. Un combativo Mandela de barba rala, traje de Comandante y fuego revolucionario “anti-apartheid”, apostó al foquismo y a la guerrilla urbana como método de liberación para su pueblo. En 1963, Mandela es detenido e imputado por “Alta Traición”, junto con varios referentes del CNA. La condena terminó en prisión perpetua, a pesar de que el gobierno Afrikáner había pedido pena capital para el líder negro y sus compañeros. Luego del llamado “Proceso de Rivonia”, Madiba pasaría casi treinta años de su vida en prisión.
Nelson Mandela está lejos de ser el acartonado y aplacado retrato que se presenta; era un combatiente, un líder natural, fuerte, duro. El pisador de barro profesional que significó Madiba, ha sido sustituido por una figura que apacigua la mística de la que se puede aprender como militante. Su propia fortaleza se ha convertido en la mejor manera de posicionarlo como un ícono pop, más que como un revolucionario. Digo esto porque él siempre enseñó que los principios llegan más al corazón de las personas, y que siempre las praxis políticas se dispondrán como herramientas y no como horizontes; por ello, Mandela pudo ser tanto una figura conciliadora, como combativa, tanto negociador, como luchador. La templanza y sabiduría nunca faltaron a su alrededor, pero eso no significa que Mandela haya pasado por el mundo a enseñar eso y sólo eso. Madiba merece que se rescate su pasión por la justicia social, por la causa popular, y no que recordemos solamente sus momentos estratégicos de pacifismo.
El funeral de Nelson Mandela estuvo plagado de figuras, que de haber sido contemporáneos a él, lo habrían visto como un subversivo, un terrorista. Pero la muerte de Madiba debe ser el lugar en la historia para recordar que la opresión de humanos sobre humanos, requiere de fortaleza y organización, de líderes, de lucha, de personas dispuestas a la empatía y sensibilidad necesarias para desbaratar los sistemas abusivos en todas sus versiones. Como dijo una vez aquel gran africano: “Cuando tomamos las armas, fue porque la otra opción, era ser esclavos”.

(*)Francisco tiene 23 años, estudia Derecho en la UNC y milita en el PJ cordobés. Además, trabaja en el Ministerio de Comunicación y Desarrollo Estratégico, del Gobierno de la Provincia de Córdoba.

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